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El lado izquierdo de la vida

1 Ago

Mi lado izquierdo siempre va a estar ligado a la vida, aunque hoy esa mama esté protagonizando otra historia y me lleve a pasar por un tratamiento. Cierro los ojos y sólo veo esta escena, la foto que hace apenas un año atrás tomó mi amigo Mariano Hair. Me quedo siguiendo el recorrido de mis venas, el pecho turgente, mi hijo que se llenó de rollos gracias a esa leche, esa conexión maravillosa que experimenté al amamantar. Tal vez no sea casual que esta sea la semana mundial de la lactancia materna y que hoy tenga mi primer ciclo de quimioterapia. Voy a volver a poner el cuerpo, detenida aquí: en mi pecho sano, mi cuerpo fuerte. En que habrá otra foto y todo será una circunstancia. En que no importa lo duro que sea: nosotros nos sostendremos abrazados, mirándonos a los ojos, tremendamente enamorados como entonces, como siempre. Esto también pasará.

mi lado izquierdo

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Dame fuego

23 Jul

Me queman las palabras en la punta de la lengua, debajo de las uñas, en las pestañas, detrás de las orejas. Me queman y no sé cómo apagar el incendio. Me cuesta expulsarlas, soltarlas, dejarlas acá. Vengo de unos días tristes. Vengo de estar en un consultorio y que un médico me diga lo que no quería escuchar. Vengo de llorar como un recién nacido. Ese llanto que te brota de algún lugar profundo, que suena a quejido de un animal herido, que desfigura los ojos más mansos. Aún me cuesta llamar a las cosas por su nombre, decir con todas las letras el diagnóstico que me dieron, el tratamiento que sigue. Pero con los días me pongo fuerte, respiro hondo, afilo las garras. Los días crueles que vendrán serán también la oportunidad para estar bien. Una puerta, como dice mi amiga Griselda. No la puerta que una vez quería para mí, la de Narnia, sino una puerta que me va a traer de regreso. Estoy en su umbral ahora, tratando de hacerme cargo del susto y de tantos pero tantos miedos. Hay un pibito que todas las noches se duerme abrazándome y tirándome las orejas y hay un amor, decenas de amores, empujándome. Sí, me queman las palabras, aunque quizá esté bien. Son un poco el fuego interior que pone en marcha los motores. Porque dios mío, a esta la voy a pelear con cada célula de mi cuerpo, con esa alegría que yo sé que no voy a perder y con la seguridad de que aún me espera todo a la vuelta de la esquina.

Sector de migraciones

1 Jul

Dicen que cuando tenés un hijo ya nunca más vas a estar sola. A mí la frase me pone incómoda. Los críos no vienen al mundo a hacerte compañía. Y en mi caso, la maternidad muchas veces aún me conduce hasta sótanos donde protegerme de meteoritos y cuando la tormenta pasa salgo a la calle y siento que la raza humana se extinguió. Hasta que el má del nenito me trae de vuelta.

Nosotros somos del interior de Santa Fe. Cuando nació el chango vivíamos en Buenos Aires. Mi mamá nos acompañó la primera semana. La segunda, mi suegra. Al día 15 algúndíamarido se iba a trabajar pasaditas las 8 y volvía a eso de las 19. Por más padre presente que sea, son muchas horas de ausencia. Horas que por momentos para mí se hacían eternas porque me quedaba con mi almita tratando de hacer todo. Ni hablemos de las semanas enteras que viajaba por laburo. Hacerlo todo sola es difícil, al borde de lo imposible. Es un poner el cuerpo atroz. Es llegar a mearte encima porque no deja de llorar y no te sale dejarlo en su cuna 5 minutos: pensás que vos aguantás. Es un almuerzo a base de bananas. Es meterte a una guardia con un bebé porque estás con una brutal angina y no tenés donde dejarlo y comerte el sermón de una médica imbécil que te dice que ese no es lugar para un chiquito. Es decidir si esa caca, ese vomito, ese sarpullido es o no para preocuparse. Sigue leyendo

Minientrada

Ausente

27 Jun

PREGUNTALE A TU PADRE

porque aunque nos pese, nosotras no tenemos todas las respuestas.

4. Ausente

Por Anita Sant

Y el día del padre pasó, y no lo saludé. El no-saludo me duele más a mí. Sí, porque a mi todo me duele más que a él; porque yo siento en exceso. Dejé a medias el video que empecé lleno de fotos de Sofía, compiladas con cuidado obsesivo al ritmo de “Alba” de Diego Torres. Y lloré. Lloré por lo que significaba dejarlo a medias. Fue haciendo ese video, para su primer día del padre, que me dí cuenta lo poco padre que es. Porque así como no se es madre por parir, no se es padre por firmar un acta de nacimiento. Y esa canción, con la que lloré durante todo el embarazo, y que hoy le canto a mi hija hasta el hartazgo, no lo representa. Ese romanticismo de su paternidad, es todo mío. El no sabe cuánto pesa su hija, no sabe cuánto mide, qué color de ojos tiene, si está con mocos, si se ríe, si come. Lleva 42 días sin verla. La vió 3 veces, 10´ por vez. Suma media hora, de las 1.254 que Sofi tiene al momento de escribir esto. Y la vió media hora. ¿Solo las madres sentimos que no podríamos vivir sin los hijos? ¿Cómo se olvida un hijo? Sigue leyendo

De caracteres y municiones

24 Jun

No me sigan en twitter, no se aburran conmigo. Nunca tengo nada interesante para decir. No me salen las frases geniales. Pierdo inspiración ante la espontaneidad. Y mis niveles de egocentrismo son descomunales. Porque ahí soy un poco lo que critico. Ahí hablo básicamente de mi sueño: de mi no sueño, de lo mala persona que te hace el no dormir, de lo monstrua y jodida que te sentís. No me sigan en twitter porque amanece y escribo: buenos días los suyos. Y me alegro cuando alguna mañana, otra que durmió para el culo, replica el saludo. No me sigan porque las acuso de que todas mienten. Porque me quejo tremendamente del chango, sin reparo, sin hartazgo. Porque también caigo en la ñoñeria de repetir hasta el cansancio que mi pibe es el más lindo del mundo.

En twitter me siento como en casa, puedo andar en patas y hablar con la boca llena y quejarme del frío. En twitter festejé mis 32 años. Encuentro a diario otras locas de mierda que hacen que no me sienta sola, aún sola en este pueblo en el ombligo de la nada. Y ahí también conocí amigas, las que están en el minuto a minuto y te tiran un pañuelo cuando llorás desconsoladamente porque el nene se cayó y se cortó la frente, o te invitan a pelear al barro o te dicen en un tweet: avisame cuando llegás a destino o que te extrañan (sí, en la virtualidad también se extraña). Hacia allá voy cuando me encierro en el baño y el inodoro es la trinchera y los caracteres mis municiones. Sigue leyendo

Minientrada

Posdata

19 Jun

PREGUNTALE A TU PADRE

porque aunque nos pese, nosotras no tenemos todas las respuestas.

3. Postdata

Por Santiago García

Ser padre es un quilombo bárbaro. El que te dice lo contrario y te alienta con frases de los chocolates “Dos Corazones”, te miente. Es cierto que tengo solamente un poco más de siete meses de experiencia, y no podría decir: “ser padre es ASÍ o los padres somos TAL COSA”. Pero puedo asegurar que es lo más difícil y lo más lindo que voy a hacer en toda mi vida. Vamos por partes.

El embarazo es el anuncio de lo que se viene. Y como a mí me toca hablar del otro lado, tengo que decir que nosotros no entendemos una goma de lo que está pasando. De hecho, yo quería hablarle por el ombligo a mi hija. Así de poco conocemos el cuerpo humano muchos de los pibes de mi generación. Haciendo el papel de los convidados de piedra de todo ese bardo hormonal, de esa relación única entre la madre y su bebé, nosotros nos rascamos la cabeza y tratamos de seguir como si nada. Hasta que nos piramos. Bah, acá hablo de mi experiencia personal. Hasta que me piré, y si bien de eso no voy a hablar, “nadie está a salvo de la locura” antes, durante y después del embarazo. Ni siquiera los hombres. Sigue leyendo

17 Jun

No sé qué se necesita tener para ser buen padre. Mi papá no me cambió ningún pañal, pero nos cuentan que cuando nos llevaban a una cena del club de la ciudad y hacíamos algún berrinche, mi viejo nos cargaba en brazos, caminaba hasta la esquina con nosotras, nos charlaba un rato, y volvíamos fresquitas como una lechuga. De niñas bastaba una mirada de él para saber que estábamos haciendo algo mal. Jamás nos levantó la voz. Nunca un chirlo. Siempre trabajó mucho, hasta los domingos a la mañana y no, no estuvo en todos los actos cuando nos vestíamos de negritas o cuando recitábamos poesías o la vez que protagonicé mi primera obra de teatro. Pero era un tipo presente. Lo es. De los que se bancan las chinches adolescentes. De los que se comen el discursito de los complejos. De los que lloran con una cuando el primer novio que nos dejó nos rompió el corazón. Sobreprotector hasta la desesperación y el encanto. Recuerdo cuando me fui a estudiar a Paraná a los 17, mi mamá me empujaba al cole: respirá hondo y decí yo puedo y papá prometía: si extrañas mucho llamame que te voy a buscar. Las vacaciones en familia eran lo más sagrado para él: el dinero mejor invertido, decía. Ahora que es abuelo, pensé que los amores iban a moverse un poco. Está fascinado con su nieto, sí, pero sigue siendo mi papá, el que me llama casi a diario, el que por la voz puede detectar que algo no anda bien, el que cae en un pocito depresivo cada vez que, luego del reencuentro, llega una despedida. Mi papá, tan alto, tan enorme, que al abrazarlo quedo apretada a su pecho y ay, qué lindo el mundo visto desde ahí. Sigue leyendo