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Sorpresa

10 May

Hay sol sobre mi cama. Veo el olmo por la ventana, la ropa tendida en el alambre. La casa está en silencio. El niño duerme. Y el pueblo transpira esa calma de siesta permanente. Tengo la computadora sobre las rodillas. Escribo.

A a las 10.30 golpean la puerta.
Abre la niñera.
Me llama.

Dos mujeres con un caniche toy y un papel en la mano me dicen algo, me quieren dar el perro. Les contesto que no, que se equivocan. Insisten. Sacudo la cabeza, quiero explicarles que soy nueva en el pueblo, que ese perro, ese perro que se parece al de mi hermana, no es mío. Pero no me escuchan. “Ángeles, es para vos”. Punto. Me entregan la correa y me enchufan la nota. Se van. No entiendo nada, las miro alejarse y les sigo diciendo que no. Y entonces la letra sobre el papel se enciende como luz roja del semáforo. La letra. Esa letra que se parece a la de mi hermana. Mi hermana a mil kilómetros de aquí… Se me nubla la vista. Distingo sólo una palabra: SORPRESA.

Y tiemblo y lloro y me asomo a la calle. Mi hermana, mi mamá y mi papá se asoman detrás de un árbol de la plaza.

Qué lindo es este momento

5 May

Se la pasa parloteando estos días. Anda persiguiendo a la perra para partirle su gusanito de madera en la cabeza al grito de nenenene. Ayer cantó un tucutucutucu infinito. Y si una le sigue el juego se ríe y entona más fuerte. A veces, de la nada, suelta como un monólogo en mandarín con toques de francés. No me resisto a contestarle en su idioma, aunque confieso que me siento la coreana del super chino que teníamos en Almagro. Ñacujacuchipinaco, xenajoca roquinagua, mesié? El otro día pasó una vecina y mi hijo golpeaba la puerta con una cuchara. Cuando se enojó porque se dio cuenta que su técnica no la abría gritó maaaaaaa. Y la piba dijo: mirá que clarito te nombra. ¿PERDÓN? Debo reconocer que si quiere una galletita, o salir al patio o chusmear qué pasa afuera y mirar por la venta suelta un mamama o un papapa. De ahí al mamá y al papá falta un tramo. Sigue leyendo

A veces lloro

3 May

Lloro porque releo el primer post de este blog, porque necesito de nuevo ver a diario esa ilustración de Nate Williams con la frase de Mandela, porque encuentro en el fondo de la valija la postal que me envió mi amiga Celi desde Montreal o porque no traje mi tacho de basura para esta casa. A veces mi hijo también llora: patalea y me arma una rabieta y le canto habíaunavezunavacaenlaquebradadehumahuca y nada; y le doy una leche tibia con Nesquik, y se la toma y vuelve a llorar; y me acuesto con él en la cama y le entrego mis orejas como llamador de su sueño, pero se contornea y se quiere bajar para perseguir a la perra. De a ratos lloramos juntos. A veces lloro porque extraño a mi hermana, porque se me quemó la tarta o  porque esta neblina pueblerina que no me deja ver la plaza desde la ventana hace de éste un buen día para llorar. Lloro porque siento que algo me aprieta el pecho y algúndíamarido me pregunta qué es pero no lo sé decir. Lloro porque no sé.  Y porque como decía mi mamá cuando era chica, el llanto me saca el dolor de garganta. Lloro porque quería tantas cosas para mí. A veces lloro mientras lavo el piso y con el trapo escurro también mis mocos. Lloro y no se lo digo a nadie, nunca se lo digo a nadie. Pero ahora mi hijo me ve.  Se ríe. Piensa que estoy jugando. Entonces le hago una morisqueta y le digo la verdad: que extraño un poco Buenos Aires, que mamá es así, que ya se le va a pasar. Chupetea, los ojos se le estiran como si sonrieran. Quizá entiende más de lo que quisiera. Y corretea con su gateo para el patio. Me lleva al sol. Me tumba debajo del árbol. Dice cosas que suenan a palabras de amor en japonés. Lo beso. Le como los cachetes. Le digo al oído un poema en su mismo idioma.  Y se me pasa. Y se me olvida que a veces lloro.

Los días que vendrán

23 Abr

No paro de abrir ventanas. Casi obsesivamente. El sol que entra por todos los rincones, ese pedazo de árbol que veo desde mi cuarto, la plaza del pueblo que miro ahora mientras escribo, el patio que ya está lleno de hojas amarillas, hojas que crujen y que hacen un colchoncito donde ya nos sentamos a jugar con el niño y mi ristra de elefantes acá en el living, me reconcilian con estas tierras pampeanas. Digo buenos días. 

Dejamos Buenos Aires el domingo después de las 12. Veníamos cargados como para llenar dos autos, pero nos metimos en uno. Fueron 700 largos kilómetros. No por la nostalgia de lo dejado, no. Salimos de casa y quedó el último llanto ahí, en la vereda, cuando se acercó la panadera del barrio a desearnos éxitos. Éxito es la peor palabra de despedida, pero la leí como un losvoyaextrañar, porque al fin y al cabo la sensibilidad hace lo que quiere. Fueron largos porque estábamos cansados. Veníamos de un finde en que nos la pasamos llenando bolsas de consorcio, decidiendo qué traíamos con nosotros y qué no. Seleccionando ropa, tirando ropa, guardando ropa. Encontrando un mundo de cosas en cajones que nunca abríamos. Y en el hartazgo una termina metiendo esto aquí, lo otro en aquel hueco o en esa bolsa o en aquella cajita. El plan de una mudanza organizada es por naturaleza una mentira piadosa. Sigue leyendo

Felices juntos

4 Abr

Nenito de mamá:

Te esperé leyendo los cuentos de Salinger, escuchando una y mil veces Latinoamérica de Calle 13, prometiéndote todos los libros de Isol. No me pregunté si se te harían los pocitos en los cachetes como me pasa a mí cuando me río; ni si tendrías los ojos claros de papá. Te imaginaba como pez en el agua nadando en mi panza, soñando sueños imposibles y grabando en tu memoria los recuerdos intrauterinos del mar donde nos sumergimos juntos el verano antes de que nazcas. Todas las nociones de vos llegaban cuando sentía tu pie en mis costillas. Me daba vértigo el mundo que te esperaba afuera. Sentía pánico de sólo pensar cuánto nos cambiaría la vida tu llegada.

El 4 de abril de 2012 te tuve en mis brazos: todo se detuvo. Verte llegar, dimensionar la fuerza de ese cordón umbilical que nos unía,  besarte la frente, acomodarte el gorrito de lana que te pusieron en el hospital, son instantes que me arden en las manos. De ahí en más hijo, cada segundo que pasábamos juntos, me enamorabas más. Sostenerte la mirada mientras te daba la teta nos  transportaba a un planeta donde todo, absolutamente todo lo que importaba eras vos. Seguís siendo vos.

Hoy cumplís tu primer año. Mamá también. Papá también. Sigue leyendo

Enlace

Sincericidio

27 Mar

En la cuenta regresiva para el cumple 1 del niño escribí este SINCERICIDIO MATERNO para Anfibia.  Feliz de meter las narices en ese espacio lleno de crónicas maravillosas. GRACIAS a la gente linda de la revis.

Elegir

19 Mar

El otro día entramos con mi amiga Patricia a una librería. Nos fuimos al fondo, a la sección de infantiles. Ella buscaba regalo para una de sus sobrinas, yo no pude resistirme y le compré un cuento a mi hijo. Salíamos y me dice: no miramos libros para nosotras. Algo que las dos amamos, nunca tenemos mejor plan que una escapada a parque Rivadavia.

– La maternidad despersonaliza- le dije como si hubiese respondido ajá o tenés razón.

Al rato, charlando de la vida, Pato repite mis palabras y dice algo como: se van a horrorizar en el pueblo cuando te escuchen hablar así…

Me quedé pensando. En mí. En quién era yo. En qué quería de la vida. En ese día lluvioso que llegué a Buenos Aires, siete años atrás, con un bolso naranja fosforescente. En la pensión donde viví en el barrio de Congreso. En el título de Licenciada en Comunicación Social que traje para estrenar y lo perdí en la calle. En que empecé a trabajar en un centro de salud. En que siempre quise ser periodista, desde la primaria, y para no sentirme horrible con ese uniforme azul y esa cara de enquélopuedoayudar, a contratiempo publicaba notas en revistas barriales. En que un día empecé un taller maravilloso de crónicas y supe que me quería morir escribiendo. Y otro pasé de ser administrativa a secretaria del director médico, pero yo no soñaba eso, y llorando un día se lo dije. Mi jefe me contestó: ya te vas a ir; y me daba permiso para salir antes y llegar a tiempo a Avellaneda para entrevistar a las chicas de la cope Nadia Echazú. Al año renuncié para dedicarme por fin a lo mío. Y nunca me sentí tan plena como esos meses, tan conectada conmigo, con el universo. Tan convencida de que era mi momento para tragarme el mundo. Sigue leyendo

Tochi mujer detrás de las tetas

1 Mar

Durante el embarazo me crecieron las tetas. Al principio le saqué el push-up a los corpiños. Después compré nuevos. Me sentía una versión discreta de la Chicholina. Tenía la impresión de que todas mis remeras me quedaban demasiado escotadas. Después me acostumbré. Es fácil acostumbrarse a lo bueno. Y en esos meses sos la reina, caminás y las personas se abren para darte paso, hasta ves la alfombrita roja en la vereda. Ahí vas, panzona, pechugona, sacudiendo las caderas. Hasta alguno arriesga un piropo y te ofrece hacerse cargo del pibe.

El protagonismo lo expulsás junto con la placenta. Desde que el niño se prende a tus tetas, ya está, fuiste. Nunca me hice el rollo de si podría amantar o no. Lo daba por hecho. Para que no quedaran dudas, la bestia de 3,750 gramos a los tres días me hacía sangrar un pezón de lo que succionaba. Lloré de dolor. Algúndíamarido salió ese sábado a la noche a comprar pezoneras, que obvio, el pibe nunca agarró. Las tetas estaban tan hinchadas, tan duras, tan calientes que una le pide piedad a bebé, pero se la da igual. Me la banqué. Con cada succión de él, a mí me salía un gemido de trabajo de parto.

Así empezó el idilio. El primer mes tenía siempre a mano una botellita de cerveza que llenaba de agua caliente y me daba masajes. Juro que pensaba que me iban a reventar, que las venas que se me marcaban en el pecho como autopistas colapsarían. Confirmás que sos un par de tetas y punto. Hasta dejás de controlar cuánto tiempo pasó entre toma y toma. ¿Querés? La impunidad que te da tener dos platos de comida siempre tibios es insospechada. Di teta arriba de taxi, en el centro de reuniones de amigos, sentada en el cordón de la calle, de pie mientras esperaba el turno para tramitar el DNI del niño en ANSES, caminando alrededor de la plaza. Una vez vi en la sala de espera del consultorio de la pediatra un afiche, le saqué una foto con el celular, lo subí a facebook bajo el pie: una es una y su circunstancia. Yo era un drugstore de 24 horas. Sigue leyendo

Dios nos tenga en la gloria

15 Feb

World Press Photo 2012. Segundo premio en vida cotidiana. Una familia en un camping en Dinamarca. (REUTERS/Soren Bidstrup/Berlingske/World Press Photo)

 

Releo el poema de Gioconda Belli y miro la foto.
Cara y cruz de una misma moneda.
Releo y miro. Releo y miro. Releo y miro.

 

Mejor cierro el blog por hoy.

Amigas

4 Feb

Este fin de semana vino a pasar unos días a casa mi amiga Meli. Nos conocimos en la facultad, en verdad la relación empezó por interés: me mangueó una entrevista desgrabada que hicimos para la cátedra de redacción. Ya no nos separamos. Saco cuentas, un ejercicio inútil porque el cariño no se mide en tiempo, pero en fin: nos queremos hace 14 años. Llegó el jueves pasado a casa, con su cachorra de 7 años. Esa primera noche bebé jodió tanto que yo me desperté a las 7.30 y habré tenido tal cara de reventada que Meli me dijo:

– Dormí un rato amiga, yo lo cuido.

Me dí un baño, me drogué con ibuprofeno y caí en picada sobra la almohada. A las 9, cuando reaccioné, un silencio profundo habitaba el dpto. Sobre la mesa, en papel amarillo, letra de niña: NOS FUIMOS A LA PANADERÍA.

La panadería está a 20 metros. Preparé el mate y me senté a esperar. Cinco largos minutos. Era la segunda vez que Meli venía a Buenos Aires. O la tercera, no sé. Ella vive en un pueblito de Santa Fe. Calculamos que un edificio de los de acá puede ser un barrio entero de los de nuestras ciudades. A los diez minutos me empezó a picar la ansiedad. ¿No se habrían perdido, no? Sigue leyendo