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Parir con poder

23 May

No leí nada durante el embarazo. Nada relacionado con la maternidad.

No me suscribí a esos foros endemoniados que te dicen semana a semana si al bebé ya le crecieron las orejas, o los pelos o los riñones.

No le hice ninguna pregunta interesante al obstetra. El decía ¿algo más? y yo más que preguntar, afirmaba: vida normal es vida normal, todas las boludeces que me dicen las ignoro? Ahora sé: yo era la pelotuda.

No quería que mis amigas me cuenten de sus experiencias al parir porque cada una vive su propia aventura y todo es muy subjetivo. En verdad tenía miedo. Miedo a que me de más miedo.

No googlee absolutamente nada. Si tenía alguna duda la llamaba a mi amiga Marcela que es médica o me iba a la guardia.

No se me pasó jamás por la cabeza tener al crío en mi casa. Soy demasiado obsesiva y negativa. Me tranquilizaba, me sigue tranquilizando, sentir el respaldo de una institución. Aunque ni la más puta idea de lo que pasa ahí adentro. Sigue leyendo

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Mamá freelance

17 May

El nene duerme upa. En cinco minutos tengo que hacer un llamado. Una entrevista. Grabarla. El audio va a salir por la radio. Quizá si este pibe se quedara así, quietito, durmiendo como un angelito… Olvídalo. Se despierta cuando levanto el tubo. Cuelgo. Lo bajo al suelo. Le desparramo juguetes. Tengo un anzuelo para tentarlo: mi billetera. Tomá todo, dame 10 minutos de gloria. Vuelvo a levantar el tubo. No hay tono. Del otro lado un médico espera mi llamado. Ya tengo un minuto de demora. Muevo el cable. Enchufo. Desenchufo. Puteo. El niño quiere upa y aprieto los dientes. Bruxismo materno. Trabajo mientras está la niñera o cuando el pibito hace la siesta, pero hoy la fuente sólo podía atenderme a esta hora y acá estoy, maldiciendo porque el fijo está muerto. Después sabré que el viento pampeando de ayer cortó el cable. Plan b activado. Lo llamo con el celular y lo pongo en altavoz. Ahí vamos. Mientras espero que me atienda siento a hijo aproximarse como fiera al acecho. Se para en puntas de pie. Quiere agarrar el mouse. Le digo que no con los ojos, los abro como si fueran a explotar de la presión, le doy un repasador que hay sobre la mesa. Hola, se escucha del otro lado. Explico la situación: madre freelance trabajando desde casa con mocoso a cuesta. El doc dirige uno de los Banco de Leche Materna que hay en Argentina, debe tener llantos de sobras taladrados en su cabeza. Dice que está todo bien. Para él al menos. Para mí, no. Miro las preguntas en el Word. Arranco. REC. Hijo ve que sostengo el grabador a 20 cm del teléfono. Estoy intentando mantener esa distancia para no acoplar las voces. Quiere eso. Eso que es mi herramienta de trabajo. Todo lo que tengo. Todo lo que soy en ese momento en que intento comportarme como profesional. Y no. La maternidad arremete. Sigue leyendo

Regazo materno

14 May

De chica nos hacía colitas y trenzas con una paciencia oriental, aunque nosotras muy guachas amábamos que nos peinara la señora que nos cuidaba porque no nos tiraba el pelo. Compraba una tela a cuadros y salía 2 x 1: camisas con volados para mí y mi hermana, parecíamos mellizas. No cocinaba rico, pero lo intentaba: pocas veces logró que el azúcar negro quedara unido a la masa de la carasucia. Una de esas fue cuando mordimos y chorreaba aún huevo crudo. Siempre dijo: si un problema tiene solución, para qué preocuparse; y si no tiene solución, para qué preocuparse. Será por eso que ante el más insignificante estornudo nos llevaba al médico. O cuando íbamos a la primaria enviaba a mi primo Iván a la escuela porque creía que había olvidado darnos una campera. Iván se metía en el aula. Entraba sin golpear. Aún lo veo. Toda su humanidad estancada en la puerta y yo hundiéndome en mis 8 años porque otra vez mi mamá me enviaba cosas que ya tenía. Y me volvía a casa al mediodía con un par de sacos, de paraguas o una dosis de antibiótico que tomé por dos. Su despiste era, es, tan grande que vendía cosas en el mercadito que tenían con mi padre y anotaba: 1 kg de pan, 1 paquete de yerba, 1 chacarera.

Mi madre nos llevaba a la librería. Nos dejaba elegir cuentos. Recuerdo los veranos que salíamos de la pelopincho y nos tirábamos en el suelo a leer. Ella decía: cierren el libro en la parte más linda, así mañana les dan ganas de volver. Y yo siempre regresé. Tanto le gustaban las letras que se volvía pesada con las correcciones. Le hacíamos una cartita de felizcumple y ella nos llenaba de besos, pero acá va una b larga y esta palabra lleva acento porque es aguda y después de un punto se empieza con mayúsculas. Esas devoluciones nos hacían jurar que nunca más le haríamos otro cartel. Mentira. Un cajón de su cómoda está repleto de notas nuestras. Sigue leyendo

Sorpresa

10 May

Hay sol sobre mi cama. Veo el olmo por la ventana, la ropa tendida en el alambre. La casa está en silencio. El niño duerme. Y el pueblo transpira esa calma de siesta permanente. Tengo la computadora sobre las rodillas. Escribo.

A a las 10.30 golpean la puerta.
Abre la niñera.
Me llama.

Dos mujeres con un caniche toy y un papel en la mano me dicen algo, me quieren dar el perro. Les contesto que no, que se equivocan. Insisten. Sacudo la cabeza, quiero explicarles que soy nueva en el pueblo, que ese perro, ese perro que se parece al de mi hermana, no es mío. Pero no me escuchan. “Ángeles, es para vos”. Punto. Me entregan la correa y me enchufan la nota. Se van. No entiendo nada, las miro alejarse y les sigo diciendo que no. Y entonces la letra sobre el papel se enciende como luz roja del semáforo. La letra. Esa letra que se parece a la de mi hermana. Mi hermana a mil kilómetros de aquí… Se me nubla la vista. Distingo sólo una palabra: SORPRESA.

Y tiemblo y lloro y me asomo a la calle. Mi hermana, mi mamá y mi papá se asoman detrás de un árbol de la plaza.

Qué lindo es este momento

5 May

Se la pasa parloteando estos días. Anda persiguiendo a la perra para partirle su gusanito de madera en la cabeza al grito de nenenene. Ayer cantó un tucutucutucu infinito. Y si una le sigue el juego se ríe y entona más fuerte. A veces, de la nada, suelta como un monólogo en mandarín con toques de francés. No me resisto a contestarle en su idioma, aunque confieso que me siento la coreana del super chino que teníamos en Almagro. Ñacujacuchipinaco, xenajoca roquinagua, mesié? El otro día pasó una vecina y mi hijo golpeaba la puerta con una cuchara. Cuando se enojó porque se dio cuenta que su técnica no la abría gritó maaaaaaa. Y la piba dijo: mirá que clarito te nombra. ¿PERDÓN? Debo reconocer que si quiere una galletita, o salir al patio o chusmear qué pasa afuera y mirar por la venta suelta un mamama o un papapa. De ahí al mamá y al papá falta un tramo. Sigue leyendo

A veces lloro

3 May

Lloro porque releo el primer post de este blog, porque necesito de nuevo ver a diario esa ilustración de Nate Williams con la frase de Mandela, porque encuentro en el fondo de la valija la postal que me envió mi amiga Celi desde Montreal o porque no traje mi tacho de basura para esta casa. A veces mi hijo también llora: patalea y me arma una rabieta y le canto habíaunavezunavacaenlaquebradadehumahuca y nada; y le doy una leche tibia con Nesquik, y se la toma y vuelve a llorar; y me acuesto con él en la cama y le entrego mis orejas como llamador de su sueño, pero se contornea y se quiere bajar para perseguir a la perra. De a ratos lloramos juntos. A veces lloro porque extraño a mi hermana, porque se me quemó la tarta o  porque esta neblina pueblerina que no me deja ver la plaza desde la ventana hace de éste un buen día para llorar. Lloro porque siento que algo me aprieta el pecho y algúndíamarido me pregunta qué es pero no lo sé decir. Lloro porque no sé.  Y porque como decía mi mamá cuando era chica, el llanto me saca el dolor de garganta. Lloro porque quería tantas cosas para mí. A veces lloro mientras lavo el piso y con el trapo escurro también mis mocos. Lloro y no se lo digo a nadie, nunca se lo digo a nadie. Pero ahora mi hijo me ve.  Se ríe. Piensa que estoy jugando. Entonces le hago una morisqueta y le digo la verdad: que extraño un poco Buenos Aires, que mamá es así, que ya se le va a pasar. Chupetea, los ojos se le estiran como si sonrieran. Quizá entiende más de lo que quisiera. Y corretea con su gateo para el patio. Me lleva al sol. Me tumba debajo del árbol. Dice cosas que suenan a palabras de amor en japonés. Lo beso. Le como los cachetes. Le digo al oído un poema en su mismo idioma.  Y se me pasa. Y se me olvida que a veces lloro.

Los días que vendrán

23 Abr

No paro de abrir ventanas. Casi obsesivamente. El sol que entra por todos los rincones, ese pedazo de árbol que veo desde mi cuarto, la plaza del pueblo que miro ahora mientras escribo, el patio que ya está lleno de hojas amarillas, hojas que crujen y que hacen un colchoncito donde ya nos sentamos a jugar con el niño y mi ristra de elefantes acá en el living, me reconcilian con estas tierras pampeanas. Digo buenos días. 

Dejamos Buenos Aires el domingo después de las 12. Veníamos cargados como para llenar dos autos, pero nos metimos en uno. Fueron 700 largos kilómetros. No por la nostalgia de lo dejado, no. Salimos de casa y quedó el último llanto ahí, en la vereda, cuando se acercó la panadera del barrio a desearnos éxitos. Éxito es la peor palabra de despedida, pero la leí como un losvoyaextrañar, porque al fin y al cabo la sensibilidad hace lo que quiere. Fueron largos porque estábamos cansados. Veníamos de un finde en que nos la pasamos llenando bolsas de consorcio, decidiendo qué traíamos con nosotros y qué no. Seleccionando ropa, tirando ropa, guardando ropa. Encontrando un mundo de cosas en cajones que nunca abríamos. Y en el hartazgo una termina metiendo esto aquí, lo otro en aquel hueco o en esa bolsa o en aquella cajita. El plan de una mudanza organizada es por naturaleza una mentira piadosa. Sigue leyendo