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El niño permutado

9 Feb

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Crecer

4 Oct

Ya tenés muelas, para moderme mejor. Amás tus libros de cuentos. Te especializás en el arte de revolear todo lo más lejos que podés. Tirás partes de rompecabezas por la ventana de este quinto piso. Sos desobediente por diversión, me la paso diciendote que no: no apagues la compu, no toques las hornallas, no tires el agua de la perra, no metas la mano en el inodoro… y vos más te esmerás en cumplir tu cometido. Mi resignación es tu arco del triunfo y los dos la pasamos bomba cuando activo mi modo hacéloquequieras. Aún no dormís de corrido de noche, conste que me debés ésta. Tenés locura por subirte a la calesita, atravesás la plaza al trote, señalando con las dos manos tu destino y aunque la abuela insiste en amigarte con los dientes de los caballitos, preferís los autos. Las pelotas te maravillan y yo las veo tan redondas y repetidas, pero es solo la adultez que te hace perder de vista lo fascinante. Se te caen las babas por comer choclos en pinches. Los berrinches te salen cada vez mejor y te diste cuenta que suelen ser más efectivos en lugares públicos, donde tu madre se acalora porque no puede domesticar tus 85 centímetros. La shitzu a la que aún no aprendiste a nombrar es tu perdición, compartís las bananas con ella, ya querés llevarla de la correa a pasear y la montás como a tu conejo inflable aunque te gritemos como locos que la vas a partir por la mitad. Apenas decís media docena de palabras. El finde con tu papá jugaban a las acobracias y descubriste que con el tres llega lo mejor, así que incorporaste el TES y qué querés, nos mataste de amor. Aunque hablas tan poquito ya entendés todo. Todo es demasiado en este momento en que tu madre se la pasa de tours por el hospital. No te mentimos. Te explicamos lo que pasa adaptado a tu tamaño. Me acompañás a llevar la droga para la quimio y mirás las cajas y sé que me escuchás atento cuando te digo que mamá con eso se va a curar. O cuando tengo mis días malos te das una vuelta por mi cuarto y me das la mano para levantarme de la cama y aunque no te conforma saber que necesito descansar, te trepás y me das unos besos y te vas. Y sin bien no te sale decir cuánto extrañás a papá que está en La Pampa, tu cuerpo habla por vos cada finde que lo ves llegar. Estás grande hijo, y no porque ya te compro talle 4. Estás grande porque crecimos de golpe estos meses. Porque eras un bebé y ahora sos un nene dándome cátedra de filosofía. Porque con vos me siento viva y no sobreviviente. Porque no hay drama si todos los días tengo un estallido de tus carcajadas. Sentime mi cielo, que sólo pasé a decirte feliz año y medio. Y a prometerte que va a estar todo bien.

Sector de migraciones

1 Jul

Dicen que cuando tenés un hijo ya nunca más vas a estar sola. A mí la frase me pone incómoda. Los críos no vienen al mundo a hacerte compañía. Y en mi caso, la maternidad muchas veces aún me conduce hasta sótanos donde protegerme de meteoritos y cuando la tormenta pasa salgo a la calle y siento que la raza humana se extinguió. Hasta que el má del nenito me trae de vuelta.

Nosotros somos del interior de Santa Fe. Cuando nació el chango vivíamos en Buenos Aires. Mi mamá nos acompañó la primera semana. La segunda, mi suegra. Al día 15 algúndíamarido se iba a trabajar pasaditas las 8 y volvía a eso de las 19. Por más padre presente que sea, son muchas horas de ausencia. Horas que por momentos para mí se hacían eternas porque me quedaba con mi almita tratando de hacer todo. Ni hablemos de las semanas enteras que viajaba por laburo. Hacerlo todo sola es difícil, al borde de lo imposible. Es un poner el cuerpo atroz. Es llegar a mearte encima porque no deja de llorar y no te sale dejarlo en su cuna 5 minutos: pensás que vos aguantás. Es un almuerzo a base de bananas. Es meterte a una guardia con un bebé porque estás con una brutal angina y no tenés donde dejarlo y comerte el sermón de una médica imbécil que te dice que ese no es lugar para un chiquito. Es decidir si esa caca, ese vomito, ese sarpullido es o no para preocuparse. Sigue leyendo

De caracteres y municiones

24 Jun

No me sigan en twitter, no se aburran conmigo. Nunca tengo nada interesante para decir. No me salen las frases geniales. Pierdo inspiración ante la espontaneidad. Y mis niveles de egocentrismo son descomunales. Porque ahí soy un poco lo que critico. Ahí hablo básicamente de mi sueño: de mi no sueño, de lo mala persona que te hace el no dormir, de lo monstrua y jodida que te sentís. No me sigan en twitter porque amanece y escribo: buenos días los suyos. Y me alegro cuando alguna mañana, otra que durmió para el culo, replica el saludo. No me sigan porque las acuso de que todas mienten. Porque me quejo tremendamente del chango, sin reparo, sin hartazgo. Porque también caigo en la ñoñeria de repetir hasta el cansancio que mi pibe es el más lindo del mundo.

En twitter me siento como en casa, puedo andar en patas y hablar con la boca llena y quejarme del frío. En twitter festejé mis 32 años. Encuentro a diario otras locas de mierda que hacen que no me sienta sola, aún sola en este pueblo en el ombligo de la nada. Y ahí también conocí amigas, las que están en el minuto a minuto y te tiran un pañuelo cuando llorás desconsoladamente porque el nene se cayó y se cortó la frente, o te invitan a pelear al barro o te dicen en un tweet: avisame cuando llegás a destino o que te extrañan (sí, en la virtualidad también se extraña). Hacia allá voy cuando me encierro en el baño y el inodoro es la trinchera y los caracteres mis municiones. Sigue leyendo

17 Jun

No sé qué se necesita tener para ser buen padre. Mi papá no me cambió ningún pañal, pero nos cuentan que cuando nos llevaban a una cena del club de la ciudad y hacíamos algún berrinche, mi viejo nos cargaba en brazos, caminaba hasta la esquina con nosotras, nos charlaba un rato, y volvíamos fresquitas como una lechuga. De niñas bastaba una mirada de él para saber que estábamos haciendo algo mal. Jamás nos levantó la voz. Nunca un chirlo. Siempre trabajó mucho, hasta los domingos a la mañana y no, no estuvo en todos los actos cuando nos vestíamos de negritas o cuando recitábamos poesías o la vez que protagonicé mi primera obra de teatro. Pero era un tipo presente. Lo es. De los que se bancan las chinches adolescentes. De los que se comen el discursito de los complejos. De los que lloran con una cuando el primer novio que nos dejó nos rompió el corazón. Sobreprotector hasta la desesperación y el encanto. Recuerdo cuando me fui a estudiar a Paraná a los 17, mi mamá me empujaba al cole: respirá hondo y decí yo puedo y papá prometía: si extrañas mucho llamame que te voy a buscar. Las vacaciones en familia eran lo más sagrado para él: el dinero mejor invertido, decía. Ahora que es abuelo, pensé que los amores iban a moverse un poco. Está fascinado con su nieto, sí, pero sigue siendo mi papá, el que me llama casi a diario, el que por la voz puede detectar que algo no anda bien, el que cae en un pocito depresivo cada vez que, luego del reencuentro, llega una despedida. Mi papá, tan alto, tan enorme, que al abrazarlo quedo apretada a su pecho y ay, qué lindo el mundo visto desde ahí. Sigue leyendo

Un mal día

14 Jun

Hay un margen de cosas que nos pasan
que una misma las considera boludeces,
tan chiquitas,
tan estúpidas,
que no las podemos poner en palabras.

Es un roce contra cualquier superficie áspera que enciende el fósforo: ardemos. Algo que el otro te dice y no te gustó. El cansancio de que no se de cuenta de que se están terminando lo pañales. Una vuelta del trabajo fuera de hora. Una mirada que una la lee como reprobatoria. Eso que esperamos que haga sin pedírselo.

Con la fricción más insignificante se enciende la primera llama.
Arde nuestra cabeza hundida en la almohada.
Arde nuestra lengua bajo la ducha del baño.
Arden las manos de tanto sonarnos los nudillos. Sigue leyendo

El fin del colecho

10 Jun

Mi amiga María fue la que primero le puso nombre a esto de meter a tu hijo a dormir en la cama grande. ¿Colechan?, preguntó. Y en mi cabeza de puérpera recién formateada aún no cabía esa posiblidad: chango a su practicuna. Pero me dio curiosidad. Me dio algunos tips: como era tan chiquito, lo ideal no era en el medio porque los papás no suelen tener esa mitad del cerebro siempre despierta como nosotras, por lo que, para evitar un apretón, ponerlo de un lado de la cama, donde haya algún muro de contención. Y en principio inventarle una cuchita por encima de nuestras cobijas, para no envolverlo con las sábanas. Yo la miraba a María desde otra galaxia, con el chip todavía incorporado de que no había necesidad de darle maña a un recién nacido, que después cómo la saco, cómo.

Pero el caso fue que al pibe lo metías en la cuna y gritaba como marrano. Estaba re dormido en mis brazos y una caminaba en puntas de pie, lo apoyaba en su camita, se quedaba quietita a su lado, le respiraba cerquita de la oreja como para que sienta la presencia todavía ahí, le canturreaba un poquito y cuando le sacaba el brazo por debajo de la nuca: BOMBA. Y de nuevo empezar. Al mes, en la primera consulta con la pediatra le pregunté qué opinaba del colecho porque sabía: era mi destino más feliz. Y ella me dijo que estaba muy a favor, que en los países asiáticos los bebés dormían con sus padres y que por eso casi no había casos de muérte súbita. Chan. Sigue leyendo