Manteles en el alambre

No hay noción más inmensa de estar en casa que tender el mantel en el alambre.

Eso sentí el mes pasado -cuando estuvimos en el pueblo- al colgar ese retazo de tela a cuadrillé verde con margaritas desparramadas sin gracia, ponerle broches para que el viento pampeano no se lo llevara y esperar a que el sol lo secara. Hubo tardes en que mi hijo se hamacaba y yo me escondía detrás del mantel. Me vía los pies. Me sabía detrás. Entonces yo avanzaba y el mantel me iba envolviendo y descubriendo de a poco hasta que se despegaba de mi cara y ahí estaba yo: la má. Le he sacado fotos a los manteles porque nombraban algo que hasta ayer me costaba poner en palabras.

Ayer, ya en Buenos Aires, fui a Otra lluvia libros a buscar Criminis Causa, que escribió mi amigo Juan Carrá. Y después me quedé chusmeando literatura infantil. Me puse a conversar con Cecilia y me quedé casi una hora. Era la primera vez que salía de casa desde la última cirugía. El 13 de febrero volví a pasar por quirófano. En diciembre había sido la mastectomía bilateral, ahora era el turno de la reconstrucción mamaria. Me enamoré de Chigüiro y el Lápiz de Ivar Da Coll, aunque compré Buenas noches Gorila de Peggy Rathman. Quedé fascinada con La Maestra de Susana Mattiangelli y antes de irme me senté a leer Hay días de María Wernicke. Cecilia me preguntó si lo conocía, me dijo que era maravilloso todo lo que hacía W, que trataba el tema de la ausencia. Y fui tras él.

Sólo recuerdo los manteles del libro. De una niña que se anima a contarle a su madre de esos días. Esos días en que la angustia es muy grande. Hay un padre ausente, quizá muerto, quizá desaparecido. Y hay manteles que la madre cuelga mientras habla con la hija. Manteles que si los traspasás te llevan al mundo de lo cotidiano, de lo real pero que no existe, de la vida tal como una quisisera que fuese y no es. Si hay un mantel corremos el riesgo de que un día quede en la mesa una silla vacía. O un plato donde se enfríe la sopa. El mantel revela lo que está puesto sobre la mesa. Y hace palpable lo que falta. Hay días es increíble y juro que no puedo recordar una frase para citar. A mí solo me quedó esa imagen: una niña que habla del vacío mientras la madre tiende el mantel en el alambre.

Cuando cerré el libro lloraba desconsoladamente. Cecilia me trajo carilinas y yo le devolví mi historia a modo de justificativo del llanto. Le conté del cáncer de mama. Y seguí limpiándome los ojos en los pañuelitos. Los ojos no se limpiaron. Llegué a casa y googleé a Wernike, quise reencontrarme con ese mantel naranja del comienzo de la historia, con el otro de peces verdes que aparece después. No sé si algún día tendré el coraje de comprarlo y de tenerlo en un estante. Quizá sí. Ahora me doy cuenta de que en esas páginas se nombra lo inmombrable de un modo tan reparador que me rompió la coraza.

En el mantel que hay sobre mi mesa serví ese miedo tremendo que tuve cuando recibí el diagnóstico. Miedo a morirme y dejar a mi hijo solo.

Anoche me estaba durmiendo cuando apareció un mensaje de Melisa en whatsapp. A Meli la conocí cuando abrió un blog donde contaba que estaba buscando un bebé. Nos hicimos amigas mientra a ella le crecía la panza y a mí me hacían la quimioterapia. Tenía la ilusión de que mi cirugía coincidiera con el nacimiento de su Juana, pensaba en que era una hermosa metáfora para que ambas habláramos de vida. Juana llegó al mundo un par de día antes pero el 5 de diciembre cuando yo entré a quirófano, ella también. Algo se complicó y Meli la entregó a los médicos para que se la salven. Nos salvamos las dos al mismo tiempo.

Me desvelé con el chat. Y le conté del libro. De los manteles. De lo que había llorado. Meli me habló de que un día de estos Juani estuvo muy molesta, quizá solo estresada a la vuelta de un cumpleañitos, y que había llorado con ese alarido desesperado que sólo le escuchó en la previa a la cirugía. Meli me dijo que ella también había llorado con ahogo porque de algún modo volvió a sentir en la piel, en el estómago, en el pecho que se hunde para quitarte el aire, ese miedo atroz que creyó dormido, olvidado, pasado. Ese miedo que una vez tuvo de perder a su hija.

Voy a poner la mesa para merendar. Prepararé el mate, traeré el pan, la manteca, el dulce de leche. Estiraré el mantel, le pasaré la mano para que no queden arrugas, doblaré un punta porque es muy largo y molesta cuando te toca las rodillas. Me voy a sentar con todo lo que soy y lo que tengo y lo que callo.  Hasta que llegue el momento de ponerme de pie otra vez y de salir el patio a sacudir el mantel. Porque Meli, eso es lo mejor de los manteles: siempre tenemos un nuevo día para arrojar al infinito las migas. Y con ellas, todos nuestros demonios.