Regar el cantero

Entrar a un quirófono es sacar boleto para la montaña rusa y con el ticket en la mano sólo querer subir para bajar cuanto antes.  Ese instante en que besas a tu hijo en la cabeza y lo dejás en casa, ese segundo en que te suben a la camilla y mirás para atrás y ves a los que te aman que se ahogan en rezos y suspiros y lágrimas y fantasmas, ese fragmento de tiempo en que te das cuenta, de nuevo, que sólo sos vos, que estás sola. Hasta que aparece el anestesista y sentís que te ganás la sortija de la calesita. Cuanto te dormís todo se acaba. Fue el jueves a la tarde. Cinco horas después volví a la vida. Estaba en una sala de recuperación. La enfermera vió que no podía mover los brazos para secarme las lágrimas, preguntó si me dolía algo. Le estiré la mano. Necesitaba asegurarme de que estaba ahí, con alguien sosteniéndome el futuro. Lloré como lloro siempre, escupiendo hasta el corazón por los ojos. Y sólo me salió decirle: quiero a mi bebé, quiero a mi bebé.
Hoy ya estoy en casa, recuperándome, aliviada, en paz. Tengo 3 mm de pelo, estoy destetada y arrastro tres drenajes que me hacen sentir un árbol de navidad. Pero el pibe no se inmuta, nada le parece fuera de lugar. Entiende que no lo puedo tener a upa. Sabe que es su turno de hacerme sanasanacolitaderana. Él me ve con sus ojos oscuros como siempre. Tan entera como siempre. Entonces ahora Luna Monti y Juan Quintero cantan Regalitos y a mí se me atragantan todos estos meses, con la diferencia de que recuperé el cupo para tragarme los miedos maternos porque siento que tengo tiempo para la revancha, tiempo de  guardar “para siempre y por si acaso, bebé, lo más puro de mi vida, un cantero de besos y de abrazos, bebé, para verte florecido”.