Efecto cercanía

El día que recibí el resultado de la biopsia y el médico habló de quimioterapia sentí que la muerte estaba cerca. Quimioterapia es una palabra demasiado larga, cuando la pronuncias cada letra se te clava en el pecho como una estaca. Se entierra. Te entierra. Me vi desvastada a corto plazo. Pelada. Sin cejas. Ojerosa. Flaquísima. Verdosa. Arrodillada frente a un inodoro. El aura de la enfermedad a lo Phiiladelphia comiéndome la cabeza. Y poco de eso pasó.

Ahora me doy cuenta de cuánto te nubla la vista el susto, porque en verdad yo temblaba ante algo que desconocía, al punto de que varios días después empecé a preguntarme qué carajo me harían en la quimio. Hasta que llegó ese 1° de agosto y todo se redujo a un pasillo en el hospital. Una fila de pacientes oncológicos esperando entrar a la sala. Mujeres, muchas mujeres. Los jueves cada 21 días a las dos de la tarde. Ocho boxs con sillones celestes que bien podrían estar en el living de cualquier casa. Roberto, el enfermero. Una aguja que se hunde en las venas. Sueros con las drogas. La espera. Y lo mejor: los vecinos.

Me crucé la primera vez con una señora con cáncer de útero. Le quedaba tan bien la peluca que aún la recuerdo como si ese fuera su cabello, con esa naturalidad. Ella fue la que hablando por teléfono le dijo al marido que iba por la segunda piña y a mí me encantó su ring. Otra vez se me sentó enfrente una chica de mi edad que tenía leucemia, ya había pasado lo peor, amé su pelo cortísimo. Cuando se fue su lugar lo ocupó un señor que se hizo una siesta mientras recibía la droga. Era como sacarle la lengua al morbo. Reírse de los que piensan que tras recibir un diagnóstico de cáncer no se puede dormir más de la angustia. También sentí a una doña llorar y me dio bronca porque era demasiado vieja para quejarse, caramba, la abuela esa ya lo había vivido todo. En el tercer ciclo encontré a una tipa que leía un libro de miles de páginas para aprender a hacer milagros. La fe hace esas cosas, pensé entonces. O la desesperación. Una mujer de turbante naranja con cáncer de mama me regaló antes de irse un periódico de la comunidad budista y me dijo que todos los días repita: nam myoho renge kyo. Sentí que me dejaba un legado y no supe qué hacer con él. A la última quimio  llegó una piba divina, pelo largo, lacio, jeans sarkany, zapatos animal print. Si me la cruzaba en la calle jamás hubiera imaginado que llevaba 5 años en tratamiento oncológico. El enfermero le rompió tres venas antes de poder dar con una que resistiera el pinchazo. Ella no se quejó y hasta hizo un chiste que no recuerdo. Después me dijo que la actitud cambia un diagnóstico.

No se respira enfermedad en esa sala. Podrá estar llena de agujas, de sustancias químicas tan agresivas que algunos sachets se cubren con papel de aluminio porque son fotosensibles, de guantes de latex y de goteos lentos, pero los que estamos ahí sabemos que esa es una oportunidad. Y cada quien, como puede, agarrándose de lo que alcanza, le pone el cuerpo. Algunos reciben una sola droga, otros dos o tres o cuatro. Los oncólogos son alquimistas que hacen fórmulas de acuerdo a cada caso. Hay personas que están un par de horas y se van, a otras las agarra la noche ahí. Salimos tan enteros como entramos. Después en la soledad de nuestras casas nos enfrentamos a los efectos colaterales, aunque hay medicación y dieta y consejos prácticos para contrarrestarlos. Inevitablemente sentirse mal desmoraliza. Son unos días hasta que una vuelve a sacar la cabeza por la ventana.

El jueves que viene será mi última quimio. Estar ahí nomás de bajarle la persiana a esta etapa me sacó de mi eje. De afuera parecería que falta poco. Y falta poco. Pero yo de a ratos siento que estoy perdiendo todo el helio. Que sin reventar, me desinflo. Como nunca, después del quinto round tuve el impulso de romper cosas. Me he despertado de una pesadilla y he llorado sin consuelo. Sentí el pecho inflamado por no poder sacar un alarido. Lo bueno es que siempre amanece y siempre me levanto. Entonces dejo el pañuelo en la mesa de luz para andar libre por mi casa y mientras me lavo los dientes miro mis cejas en el espejo y sonrío: siguen firmes, fieles, fuertes y basta tan poca cosa para que me parta como un rayo la convicción de que lo único que está cerca es el futuro.