Minientrada

El cultivador de vaginas

3 Jun

PREGUNTALE A TU PADRE

porque aunque nos pese, nosotras no tenemos todas las respuestas.

1. El cultivador de vaginas

Por @JuanBritos

Sentado frente a la máquina portátil, con los codos apoyados en el escritorio que hace rato sufrió la ocupación del ejército de fotos familiares, pienso en la paternidad. Una escena de Frankie & Johnny, la película protagonizada por Michelle Pfeiffer y Al Pacino, se cola por la ventana entreabierta. Es la secuencia donde él intenta mantener relaciones sexuales con una compañera de trabajo pero no puede lograr la puta erección. Ella trata de consolarlo, le dice que no se preocupe, que “no es el infierno”. Él, que había pasado dieciocho meses detenido por falsificar cheques, le contesta: “Sé que no es el infierno, lo sé porque estuve allí”.

Yo estuve en el infierno. Y no por un problema de erección. A mi primera hija la conocí a los cinco años. Me costó perdonarme por no haber estado desde el primer llanto. Pero la vida es aprendizaje y ella me enseñó a ser papá, a dejar un poco la calle y sostener la creatividad con esfuerzo. Jamás me desvelé por la China, tampoco conocí a su pediatra ni le cambié un puto pañal. Tenía 17 años cuando me enteré que había nacido en el Hospital Posadas de Palomar. A la misma hora que ella asomaba la cabeza entra las piernas de su madre, yo andaba quién sabe dónde. Fue el 27 de junio de 1998. El resto de los años seguimos con el mismo menú de vida: ansiedad, explosión y culpa. Angustia de ser un cagón, de caminar con una pija bien grande en el culo. Costó. La redención llegó cuando quiso conocerme. Recuerdo esa tardecita sin frío. La madre la trajo al club donde me crié y cruzamos de vereda para sentarnos en el capó de un auto abandonado. Tenía un brillo en la mirada, no sé cómo explicarlo. Al mes estaba durmiendo conmigo, escribiendo las paredes de la pieza con fibras indelebles y esperándome con el pelo húmedo de vinagre en la puerta de su casa de Ciudadela. Aprendimos a ser. Hija y padre. A completarnos.

Trece años y algunos meses más tarde llegó la segunda China. Mis hijas no tienen nombre: son las chinas, porque tienen mis ojos. Cuando la oriental más pequeña entró en escena parecía un avatar. Larga y azul. Hermosa. La limpiaron, la vistieron por primera vez con ropa que olía a jabón neutro y me mandaron a la pieza mientras la madre esperaba drogada en el pasillo de la sala, entre parteras mala onda y doctoras que atolondran de drogas legales a las primerizas que hacen fuerza con la cara y se cagan encima, entre el frío hospitalario y el fragor del nacimiento. Esta vez estuve en el parto. Llegamos a las 8 de la mañana del 7 de diciembre de 2011. Fueron cinco horas y cinco minutos de trabajo. La partera mandaba mensajes de texto mientras que con la otra mano hurgaba en la vagina de mi esposa. La obstetra venía a cada rato y apuraba el trámite, con la lejanía que producen los guardapolvos blancos con complejo de Dios. Mi mujer se bancó jugar de visitante: soportó miedo, llanto, dolor. Es inexplicable el rayo de energía que atraviesa a las minas cuando están pariendo. La fuerza que emanan esos cuerpos despatarrados entre el instrumental quirúrgico es única. Te llega a morder una parturienta y cagaste, porque tienen una fortaleza interna zarpada. Salió todo bien. Los primeros días en casa fueron como tomar una cerveza caliente al rayo de sol, como una piña del Roña Castro en medio de la jeta. La piba lloraba, mi mujer lloraba, yo lloraba. Menos el perro y la gata, lloraba cualquier boludo que entraba. Con el paso de las horas, mi mujer empezó a preguntar sobre el parto. No recordaba nada, loco. Parecía mentira que no pudiera recordar el trabajo que había hecho. Injusto, más que nada. Yo, que me quedé parado como un gil mientras ella luchaba con sus temores sin más contención que mis brazos, tenía que narrar su epopeya. Pero la vida trajo revancha. Y para ello no hizo falta matar a la obstetra con cara de mal cogida.

Un año más, en diciembre de 2012, mi mujer comienza a sospechar que estaba embarazada again. Entra al baño mientras me ducho para mostrarme el test de embarazo. Desde el vapor de la ducha le digo que es negativo. Del otro lado de la cortina que nos regaló no sé quién, me dice que niego las cosas, como siempre. Con las manos llenas de jabón le digo que es una rompe bolas. Pasan dos semanas, voy en taxi por la avenida Córdoba. Un calor de la re concha de la lora. Tránsito. Tachero pícaro que suma pulsos electrónicos en el reloj gracias al tráfico. “Este puto agarró por Córdoba” refunfuño mientras me suena el teléfono. Es mi mujer. Llora. Me dice que está embarazada y sin decirlo, me llama para decirme “¿Viste pelotudo cuando te decía que nos cuidáramos?”. La calmo. Le digo que la amo. Que si quiere me arranco el corazón, se lo enchufo para que tenga doble tracción sanguínea y que no le dé bola al médico. No me manda a cagar porque me ama. Lo sé, por eso no me cuido: si por mí fuera tendría todos los hijos del mundo con ella. Pero cuando se lo propongo me invita una vez más a que me re ti re una goma. Siempre sin decirlo. Las mujeres dicen en silencio. Pasan dos meses y ya está de cinco. Ecografía: otra nena me dice el especialista, que es puto y, como todos los putos, tiene buen perfume. “¿Seré un cultivador nato de vaginas?”, pienso mientras el maraca con aroma francés se copa y nos muestra la mini concha en el led. Mi mujer me observa. Teme una reacción desmedida. Me comportó como lo que soy: un boludo con berretines de atorrante.

No cedo a la tentación de pensar que este es el vuelto de tantas maldades. Pienso en mi madre, en mis hermanas, en mi abuela. Solo espero que mis hijas no tengan su carácter. No quiero minas de escorpio. Son un poco más rompe huevos que la medida estándar. La nueva china llegará en julio. Frío, parto respetado y grupos de padres parturientos los sábados a la mañana. Siempre llegando tarde a las reuniones. Pero no importa. Donde sean, estaré. Con ellas, las que me enseñaron a ser hombre. Las que me hicieron lo que soy. Con las manos llenas de mierda. Con vómitos en las remeras y pises en los pantalones. Con el corazón.

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12 comentarios to “El cultivador de vaginas”

  1. angulita 3 de junio de 2013 a 9:47 #

    que divino todo, es como mi contracara (llena de hombres <3)

  2. mariel 3 de junio de 2013 a 10:08 #

    hermoso. me hizo acordar a mi amado, que me prometió que si se encuentra a la obstetra hija de puta de mi parto, va a hacer que parezca un accidente.
    bienvenida la tercera china!

  3. Bárbara B. 3 de junio de 2013 a 10:09 #

    Me encantó.

  4. Carla 3 de junio de 2013 a 10:21 #

    Que lindo, pero que lindo escrito. Me encantó lo de “las mujeres dicen en silencio”.

  5. MonaLisa 3 de junio de 2013 a 11:20 #

    “Un boludo con berretines de atorrante”…conocés a mi marido @juanbritos? Un relato muy tierno y paternal…

  6. Manuela (@ManuchaViale) 3 de junio de 2013 a 12:30 #

    hermosísimo!

  7. LadyB 3 de junio de 2013 a 15:05 #

    Amé las últimas líneas!

  8. Magali 3 de junio de 2013 a 16:05 #

    Morí de risa! es un genio el que escribe! Es tan real y a la vez tan bizarro… También es yo alrevés #todosvarones… pero me encantó lo de la piña del Roña Castro! es genial cómo describe el parto!!!

  9. cris 3 de junio de 2013 a 16:45 #

    absolutamente real, lleno de corazón y cotidianeidad, el relato del cultivador. y vos que lo conocés, piti, contale que si, las minas de escorpio somos muy, muy mucho más rompebolas que la media estándar. abrazos!

  10. Cecilia 3 de junio de 2013 a 20:07 #

    Cuestan los comentarios en ésta nueva sección, veo mucha mesura, y algo de timidez (o quizá me haya parecido) creo que no estamos acostumbradas a un post masculino.
    Un relato muy sentido y muy real, por otro lado.

  11. pibitoiscoming 5 de junio de 2013 a 0:29 #

    Me gusta mucho cómo escribe este señor, che. La china number three viene al mismo tiempo que mi pibito. 🙂 Grupos de sábados a la mañana… no estaremos yendo a la misma obstetra?

  12. madredeuno 12 de junio de 2013 a 19:41 #

    Me encantó, usa mas palabroyas que yo, y eso es decir mucho. Me gusta tu iniciativa de incluir pitos, quiero decir “puntos de vista masculinos”.

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