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Parir en el exterior

24 Oct

TRIBUTO A LAS MADRES

me dijo una vez algúndíamarido: “¿qué necesitas?, te juro que me das lástima”. nos merecemos este homenaje colectivo e incorrectísimo.

7. Parir en el exterior

Por Mushi *

Dicen que mudarse de país y tener un hijo son dos de las transiciones más fuertes que una puede pasar. En mi caso coincidieron involuntariamente, y así como si nada aterricé en el país del hielo con panza de cuatro meses. Parir en el país del norte más lejano cuando una es del extremo sur desencadena toda suerte de consecuencias imprevistas.

Canadá es, supuestamente, la panacea de la salud pública. En Argentina y en otros lados todos creemos que el sistema canadiense es el ideal al que todos debemos aspirar. Bueno, la verdad es que esa gran fama y prestigiosa reputación contrasta con una realidad bastante más… mmmh… ¿cómo decirlo sin usar la palabra “pedorra”? La cobertura es universal pero los doctores tienen cupos y sólo pueden tener un cierto número de pacientes. Y el cupo está siempre e invariablemente lleno. Como dice mi mamá, adonde hay burocracia hay amigos. Y cuando una no conoce a un alma a más de mil kilómetros a la redonda, se complica eso de encontrar un doctor amigo que te quiera atender.

Yo llegué con grandes ilusiones basadas en lo que leía en internet: en Canadá las parteras son reconocidas como profesionales de la salud (“Qué bárbaro, ¿no? ¡Lo que es el primer mundo!”). Lo que no tenía en cuenta es que las parteras en Canadá son un bien más escaso que el helado de dulce de leche, y que hay unas eternas listas de espera en las que la gente se anota ni bien se les rompe el forro (la previsión de la cultura anglosajona llega a límites insospechados: también hizo que lo anotemos al feto –por consejo de todo el mundo—en una lista de espera para guarderías). Eso echó bajo tierra mis ilusas pretensiones de tener al bebé en casa o en un centro de nacimiento (no en un hospital) con una partera y terminamos atendiéndonos con un equipo médico adonde el diablo perdió el poncho, como a media hora de nuestra casa.

A la hora de los bifes hice de tripas corazón, segura de que naciera donde naciera, así fuera en el hospital que te pone la luz blanca en la cara para desromantizar con toda el nacimiento, mi cuerpo sabría qué hacer y se las amañaría para que salga todo bien. Me tranquilizaban las palabras de mi hermana: “¿alguien te enseñó a llorar? ¿A hacer caca o pis? Bueno, este es un proceso natural como todos esos en el que llegado el momento vas a querer hacer lo que hay que hacer”. Dicho y hecho. Lo natural era lo previsto, lo cultural me deparaba una sorpresa.

Llegamos al hospital con el trabajo de parto finalizado que sólo duró un par de horas y que por supuesto completé en la media hora de viaje en el taxi. El taxista miraba por el espejito con cara de espanto y preguntaba “Ok? Ok?” cada dos minutos. Eso sí, no se perdía un bache ni de casualidad. El taxi parecía un sulky. En tiempo fue, más o menos para que se den una idea, como si me hubiera tomado el fluviales –referencia para litoraleños. Al llegar, con contracciones cada tres pasos, las enfermeras me recibieron muy tranquilas y sin ningún apuro. Claro, una vez que se dieron cuenta de que todo pre parto ya había pasado se asustaron por la emergencia y llamaron a la médica –de nombre “Marie-France”—que llegó al ratito, y una vez ahí, hizo de mi parto una experiencia teatral tragicómica. Al grito de “ALLEZ!!!” (francés) y “CAMON PUSSHHH!!!” (inglés) me alentaba desaforadamente, como si estuviera en un boca-river. No conforme con la mezcla de idiomas, quería hacer gala de sus conocimientos de español y, con un acento rarísimo imposible de reproducir en tinta—gritaba: “¡¡PUJA, María, PUJA!!” (nombre que llevo de adorno como muchas marías y con el que no me identifico para nada, pero la tipa lo debe haber visto en el legajo, tan cercana era nuestra relación). El colmo fue cuando en el medio de esa escena, entre contracción y contracción, quería saciarse dudas lingüísticas tales como “¿es LOS piernas o LAS piernas?” De no creer…

Pasado el parto y ya con el bebé en casa, pasé a experimentar otro aspecto interesante de parir a la distancia: las visitas. Parir en el exterior implica que no va a verte nadie a la habitación del hospital, cosa que a mi me pareció maravillosa, sobre todo cuando de camino al baño veía veinte familiares enchufados en la habitación de una pobre parturienta. Pero, el otro lado de la moneda es que más temprano que tarde las visitas que llegan hasta este lejano polo han de quedarse EN TU CASA por lo que dure su estadía, que en el caso de mi suegra fue de tres largas semanas. Durante ese tiempo, se puso al hombro el cliché de la abuela primeriza y nos volvió locos (por suerte también estaba mi mamá, sino no sobrevivía). Desde cosas simples, como que no le sostenía la cabeza al bebé de dos semanas (sisi, el pobre parecía uno de esos muñequitos de perrito en los taxis que van meneando la cabeza, al punto que al par de días la miraba a la abuela y lloraba), pasando por no cocinar o solamente cocinar recetas exóticas como “pad thai” que dejaban la cocina hecha un chiquero (nunca un práctico y simple guisito), hasta cuestiones ya bastante rebuscadas, como enojarse—y acto seguido encerrarse dando un portazo—porque entre mi mamá, mi marido, y yo hablabamos de gente que ella no conocía. La frutilla del postre era cuando se empecinaba en hacernos llegar “mensajes” imitando la supuesta voz de su nieto en un tono agudo:“mamá, ¡estoy tan sucio! ¡bañame! ¿por qué no me bañás todos los días como a TODO el resto de los nenes?”, “yo voy a hacer lo que quiera porque total no me ponen un sólo límite” “¿hasta cuándo me vas a dar la teta? ¿Hasta los catorce?” “Mamá, ¿por qué me tenés TODO el día en brazos y no dejás que me agarre nadie más?” El pobre bebé, muy educado él, evitó contestarle lo que debía: “porque temo por mi vida y mi frágil cuellito cada vez que me alzás…”. En fin. Parecía que no, pero las tres semanas pasaron.

Supongo que lo bueno de esta “linda” visita fue que este imponderable hizo que los treinta grados bajo cero de temperatura con el que todo el mundo me asustaba pasaran completamente inadvertidos! Eso sí, este invierno sufriré el frío, pero nada de visitas de suegras, por favor.

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*a miles de kilómetros, Mushi es mi compañera preferida en este viaje increíble de la maternidad.

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2 comentarios to “Parir en el exterior”

  1. Angeles 6 de noviembre de 2012 a 11:21 #

    Gracias por compratir esta experiencia! Estoy por vivir una situacion muy similar. Me voy a italia de 4 meses… Mas que a mi suegra, que vive alla, temo la visita y estadiabajotecho de mi madre!

    • Mushi 16 de noviembre de 2012 a 13:28 #

      lo bueno de que sea tu mamá es que le podés hablar más de frente. Como para prevenir, antes de que nazca el bebé le podés ir haciendo la cabeza de que con lo que más vas a necesitar su “ayuda incondicional” es con las cosas más imperceptibles (pero imprescindibles) como la comida, etc. Como para ir sembrando la idea y no te pase como a mi!

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