Eco para medir la histeria

3 Sep

Una embarazada chinchuda puede traer enormes dolores de cabeza. Durante un par de años fui recepcionista del sector de ecografías de un centro médico. Sí, era una de esas desquiciadas que atienden al público con sonrisa forzada y aprietan los dientes para no mandar al diablo a uno de cada tres. Y ese uno solía ser “una”, que tenía turno para hacerse una eco obstétrica.

Pasó más de una vez que tuve que decirle a un viejo que el médico había faltado por un problema personal, o cualquier otro tipo de mentira digna. Y el pobre viejo ese, que se había hecho un enema una hora antes y ahí estaba con cara de voyasufrir listo para realizar ecografía transrectal, se la bancaba. Puteaba. Pedía explicaciones. Me hacía transpirar y desvanecerme en disculpas. Pero repito: se la bancaba.

Tal nivel de tolerancia era impensando en la mayoría de las embarazadas. Atravesaban la puerta del consultorio y de este lado cruzábamos los dedos para que nada altere ese brillito en los ojos de mujer plena. La misión se autodestruía en pocos segundos.

Se olvidaban la orden y querían que las atiendan igual. Caían a hacer el estudio con toda la familia: el marido, la hermana, los hijos de la hermana, los padres, los suegros, y pretendían que el ecografista midiese el fémur del bebé con ese baby shower que armaban en el consultorio. O bien, y esto era de lo más irritante, se negaban a pasar cuando el médico las llamaba porque el marido había ido a comprar un VHS y había que esperarlo.

Sí: VHS. Hasta hace un par de años las ecografías ahí se grababan en esos cassettes prehistóricos. Ni CD, ni DVD, ni pendrive. Las tipas, divinas, entraban en shock y enviaban al futuro padre a que compre un VHS. Siempre me pregunté dónde carajo lo miraban.  A quién demonios se lo mostraban.

Y después, al mismo tiempo que el doctor apretaba el pomo de gel sobre la enorme panza, los maridos apretaban REC en el celular para filmar la escena. Como si aquello fuera un cine en dos dimensiones y no un examen para evaluar la salud del bebé. Hasta que quedó prohibido.

La única vez que lloré en el trabajo fue por culpa de una embarazada. Llegó 40 minutos tarde a hacerse la 4D. Eran casi las 8 de la noche y yo estaba a punto de dar vuelta de llave a la puerta. Entró como loca, maldiciendo el tránsito, maldiciendo los estacionamientos llenos, maldiciendo el ascensor que paró en todos los pisos hasta dejarla a ella en destino.

Yo estaba sentada detrás de un cartel que me serviría como una daga para hacerme el harakiri. Aseguraba que el servicio era perfecto. “Si no: avise”, decía.

Le tuve que explicar que la ecografista ya se había retirado, que esperó 20 minutos y se fue. Gritaba tanto… Lloraba con lágrimas y quejidos y mocos. Me exigía hablar con un superior, que le solucione “ahora” el problema. Que ella me pagaba el sueldo con cada cuota de la prepaga. Que no se iba a mover de ahí sin verle la carita de su bebé.

Ese era el quid de la cuestión: “verle la carita al bebé”.

Cuando se dio cuenta de que no había solución y temió desmayarse de la bronca, cuando comprobó que yo estaba sola con mi alma en el lugar, sin jefe, sin médico, sin nada para ofrecer más que otro turno, se fue.

Ese día, mientras me lavaba la cara en el baño y hacía tiempo frente al espejo para que se me deshinchen los ojos, hice un juramento: jamás sería una embaraza histérica.

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Una respuesta to “Eco para medir la histeria”

  1. maru poccia 3 de septiembre de 2012 a 13:04 #

    jajajjajajaj…me muero de risa!…lo del abuelito es mortal..siempre espero tus notas para reirme un rato y desmitificar un poco todo el asunto este de la maternidad!

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